De todos los octubres y su voracidad.
Hubo un tiempo en que el mundo nos cabía entre las manos.
Éramos anarquía, poesía, un par de insensatos empeñados en inventarse una vida.
Tú mirabas el mundo pensando en convertirlo en música; yo adivinaba tus pensamientos antes de que fueran versos, y a veces, en medio de nuestras interminables conversaciones, me mirabas, me mirabas con esos ojos afilados, como queriéndome arrancar de la boca las palabras a besos, y yo sabía que en mis ojos quietos alcanzabas a leer toda la poesía que en mí estaba contenida.
Todavía recuerdo el perfume de tu piel, tus manos, el cabello revuelto por el viento y aquella manera tuya de sonreírle al mar y a su tempestad, recuerdo el deseo, las carcajadas, nuestra manera de encontrarnos a media tarde, la libertad inmensa de pertenecernos sin poseernos...
¡Todo!
Recuerdo todo.
Pero llegó octubre.
Voraz. Despiadado. Definitivo.
Han pasado dieciséis años desde aquella madrugada en que la gravedad cambió para siempre y desperté en un mundo en el que tú ya no existías.
He vivido tanto desde entonces.
He amado, he reído, he vuelto a encontrarme con la mujer que fui y me he transformado en muchas otras, pero hay una ausencia que no conoce calendarios y un amor al que el tiempo jamás consiguió volver pasado.
Quizá nunca te dije «quédate conmigo», no lo creía necesario. Incluso me parecía un pésimo atrevimiento, ¿cómo iba yo a enjaular esa libertad tuya, esa ave preciosa que sobrevolaba el mar? ¿cómo habría de encerrar al viento en una pequeña caja de cristal? ¿para guardarla dónde? ¿o para luego?
No.
Pero ¿sabes?
Aun así,
te quedaste.
En mis días, en mis noches, en todo aquello que mis ojos todavía convierten en poesía. Incluso en mis amigos que no llegaron a conocerte, pero que hoy saben de ti porque te llevo conmigo y sigo siendo testimonio vivo de tu existencia.
Aunque sé que puede sonar cruel, incluso insensato, sobre todo para estas manos que todavía recuerdan las tuyas, hay una sentencia tatuada a golpe de años en mi piel: tenerte para siempre sin poder volver a tocarte.
Antes me preocupaba que quien quisiera compartir mi vida no supiera convivir con la profundidad de tu ausencia.
Hoy sé que quien se atreva a mirar mis ojos quietos tendrá que comprender que en mi memoria, en mi cuerpo, en mi esencia y hasta en mi verdadero nombre hay algo de ti.
No hay fantasma.
Hay identidad.
Porque no dejé de vivir cuando te fuiste.
Y todavía guardo aquel puñito de aire bravo que me regalaste para los casos de asfixia, en la playa o en la ciudad.
Quién habría imaginado que es tan necesario cada octubre que alcanzo.
Desde esta arena cálida,
te extraño más que nunca,
viento de mi alma.
Inaniel Fragg


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