De todos los octubres y su voracidad.
Hubo un tiempo en que el mundo nos cabía entre las manos. Éramos anarquía, poesía, un par de insensatos empeñados en inventarse una vida. Tú mirabas el mundo pensando en convertirlo en música; yo adivinaba tus pensamientos antes de que fueran versos, y a veces, en medio de nuestras interminables conversaciones, me mirabas, me mirabas con esos ojos afilados, como queriéndome arrancar de la boca las palabras a besos, y yo sabía que en mis ojos quietos alcanzabas a leer toda la poesía que en mí estaba contenida. Todavía recuerdo el perfume de tu piel, tus manos, el cabello revuelto por el viento y aquella manera tuya de sonreírle al mar y a su tempestad, recuerdo el deseo, las carcajadas, nuestra manera de encontrarnos a media tarde, la libertad inmensa de pertenecernos sin poseernos... ¡Todo! Recuerdo todo. Pero llegó octubre. Voraz. Despiadado. Definitivo. Han pasado dieciséis años desde aquella madrugada en que la gravedad cambió para siempre y desperté en un mundo en el que tú ya...








