Canela, Sal y Miel
Tengo ganas de saberte, sin que la distorsión de mi imaginario complete frases no dichas. Tengo... Ganas. De tener en los labios el aroma dulce de tu sal ardiente, de descubrir si tu piel sabe como la ha inventado mi boca necia con mis manos inquietas. Ganas de concederle a mi cuerpo, por fin, el descanso nocturno después de todas estas noches en las que se ha ido acumulando este territorio ambiguo donde no existimos. Y, a pesar de semejante anhelo, aún no me perdono la avaricia de construir escenarios donde te contengo. Porque intentar poseerte sería demasiado imprudente, demasiado común. Prefiero esta incertidumbre que arde, esta manera absurda de desear sin inventar certezas, de permitir que el cuerpo sospeche lo que la razón se niega a completar. Pero tengo ganas. De cambiar la conjetura por el tacto, la distancia por tu respiración, la posibilidad por la piel acelerada. Y si te contara que la vainilla tibia de mi piel está, astutamente, haciendo ebullición en medio de ...









