Canela, Sal y Miel

Tengo ganas de saberte,
sin que la distorsión de mi imaginario
complete frases no dichas.

Tengo...

Ganas.

De tener en los labios
el aroma dulce de tu sal ardiente,
de descubrir si tu piel sabe
como la ha inventado mi boca necia
con mis manos inquietas.

Ganas
de concederle a mi cuerpo, por fin,
el descanso nocturno
después de todas estas noches
en las que se ha ido acumulando
este territorio ambiguo
donde no existimos.

Y, a pesar de semejante anhelo,
aún no me perdono la avaricia
de construir escenarios
donde te contengo.

Porque intentar poseerte sería demasiado imprudente,
demasiado común.

Prefiero esta incertidumbre que arde,
esta manera absurda de desear
sin inventar certezas,
de permitir que el cuerpo sospeche
lo que la razón se niega a completar.

Pero tengo ganas.

De cambiar la conjetura por el tacto,
la distancia por tu respiración,
la posibilidad por la piel acelerada.

Y si te contara
que la vainilla tibia de mi piel
está, astutamente, haciendo ebullición
en medio de todas mis inoportunas
audacias de seguir recordándote, 

que este trago de café en mis ojos,
cada día más inquietos,
empieza a conmover a los pies calmos
y hasta esa imposibilidad de encuentro
que había aprendido a aceptar
se inquieta bajo mis manos.

tendría entonces que derretir un poco mis argumentos
y confesarte
cuánto de mi piel desnuda
sigue nombrándote en sueños.

Cuánto de ti aparece
cuando cierro los ojos
y dejo al cuerpo pensar por mí.

¿Qué sentido tendría semejante certeza
ante la mágica sensación de tu lejanía?

Qué sentenciosa vuelvo nuestra distancia
para protegerme de consumirme en la hoguera
de mi aliento que se conjuga
con la memoria de tu silueta.

Y es que despierta todavía puedo explicarme,
ordenar las distancias,
enumerar las razones,
hacer de la prudencia una ciencia exacta.

Pero al llegar la brisa nocturna...

si he de dormir, no encuentro cómo
domar los impulsos que me acechan,
y aquella carátula de mujer sensata
se derrite ante mis piernas,
que bailan para no acumular deseo.

Como si pudiera gastarlo en movimiento,
sacudirlo de las rodillas
y devolverle a la noche todo ese calor
antes de volver a la cama,
que también es fuego.

Pero al  d e s e o
le faltan modales
y le sobra arrebato.

Regresa tan imprudente

Que mientras duermo,
mi cuerpo pronuncia sin pudor
todo aquello que estando despierta
me empeño en dejar sin nombre.

Canela, sal y miel.

Tal vez por eso tengo tantas ganas de saberte,
no para comprobar lo que he supuesto,
sino para descubrir todo aquello 
que mi imaginario no sabe de ti.

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